Once tesis políticas para el período

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¿Qué propone el Movimiento de Izquierda Revolucionaria?

 

El avance político hoy día no está subordinado a la crisis del régimen político de dominación de los ricos y poderosos, sino a la acción revolucionaria del pueblo trabajador que despliega luchas ofensivas para mejorar sustancialmente sus condiciones de vida.

La lucha de clases está cursando un momento crucial. Muchos se preguntan a raíz de las masivas movilizaciones de profesores, pescadores, estudiantes, portuarios, trabajadores de la salud, ¿qué más podemos hacer para cambiar el orden de cosas en el país?, ¿cómo expulsar a esta cúpula parasitaria que acumula capital por medio de la vieja farsa electoral? Y espontáneamente se ha ido dibujando el camino. Este dice relación con que: no podemos esperar que el poder de la clase dominante caiga por sí solo, ya sea por la desaceleración económica, las tasas de desempleo y la explotación en su oscura máscara de la externalización de la fuerza de trabajo, como también por la mafiosa política que llevan adelante los sectores enquistados en el Estado; es tarea de los sectores movilizados, de quienes han adquirido cierta conciencia de que la sociedad en el capitalismo cada vez se sumerge más en la alienación, la competencia y el individualismo, poder hacer transformaciones verdaderas acordes a los intereses de los trabajadores, cuestión jamás presente en los planes de la Nueva Mayoría quien tiene bien claro que sus intereses están con la burguesía, con los ricos y poderosos.

Si la dominación inmoral y corrompida de la burguesía retiembla, será un gobierno de los trabajadores y el pueblo el que la haga caer.

No todo cambio cuantitativo se transforma en uno cualitativo y viceversa. Es decir, no porque la Nueva Mayoría -otrora Concertación- se encuentre actualmente en sus más bajos niveles de aprobación, se hunda en su crisis política, institucional, de representación y participación más profunda, donde día a día aparece a la luz que los intereses del conjunto del bloque en el poder son los de los ricos y poderosos, esto no se traducirá mecánicamente en que los trabajadores “despierten”, “abran los ojos” y eliminen a todos quienes gobiernan para la acumulación de capital, quienes ostentan y trafican nuestras riquezas.

En este sentido dicho ejercicio mecánico era el que esos marxistas vulgares planteaban, por ejemplo, aduciendo que en un país donde existiera más clase trabajadora “clásica”[1], industrializada y desarrollada era más probable una revolución socialista. ¡Vaya farsa, vaya ideología que divulgaron estos aduladores de la burocracia y la conciliación de clases.

Debemos golpear la dominación burguesa con todos los métodos de lucha que despliega el pueblo trabajador movilizado.

Estos dos primeros planteamientos resultan a la hora de las conclusiones sin duda más complejos. Dado que más fácil sería conformarse con decir que todos los problemas corresponden a la fracción dominante y que su debilidad conlleva la fuerza de los explotados. Pero lo cierto es que para agudizar la actual crisis de los ricos y poderosos, para conducir a su máxima expresión las contradicciones de clase, la cuestión primordial pasa por las tareas que puedan desarrollar los sectores movilizados y los revolucionarios que luchan en su seno. Y en este sentido es necesario hacer un balance correcto para determinar en qué ámbitos estamos aún precarios, en cuáles hemos avanzado y cuáles queda por avanzar.

Es imperante señalar y reconocer que el que hoy sigan existiendo –pese a que Chile es el mejor ejemplo para evidenciar la caducidad histórica de las ideas pacifistas acerca de la revolución- alternativas que plantean una política de negociación, conciliación, legalismo y lucha gradual en la institucionalidad burguesa, es producto de las incapacidades de la izquierda revolucionaria para articular una sola fuerza que golpee a través de las luchas populares a la burguesía. Por ende al descubrir ese velo del pacifismo burgués, esa fantasía donde existiría una neutralidad democrática, tiene que abrirse claramente la alternativa que impulse la lucha confrontacional, que dispute en cada una de las trincheras los intereses de la clase trabajadora, en todos los lugares donde hoy se desarrolla la guerra revolucionaria, pues las tareas de la revolución, abarcando desde lo reivindicativo a lo político-militar, son cuestión del quehacer en la presente fase de convulsionada lucha de clases.

Respuesta nefasta, pueril y descompuesta de una presunta alternativa a la sociedad capitalista, el posmodernismo ha calado profundo en Nuestra América y sigue siendo un elemento a combatir.

Posterior a la caída del decadente “bloque socialista” –más bien cúpulas burocráticas que alardeaban en nombre del proletariado y el socialismo, quienes se peleaban hasta la muerte por quién era el mejor heredero de Lenin- y también el retroceso –ligado a lo primero- de varios procesos de lucha que impulsaban la conciencia de clase de los trabajadores, en Cuba, Vietnam, Nicaragua y El Salvador, entre otros, el comunismo –como contrasentido para la historia capitalista-, su expresión sociopolítica, la izquierda, y el desarrollo de su filosofía, el marxismo[2], pasó a un momento defensivo, crítico y casi mortal, donde la sobrevida de nuestro propio partido estuvo en peligro.

La posibilidad de triunfo de la clase obrera se puso en entredicho. No solo se cuestionó la existencia de la clase trabajadora, sino también la de las propias organizaciones políticas –se dijo que el problema era lo social, de los movimientos sociales-. Se cuestionó y degeneró el tratamiento mismo del problema del poder -anteponiendo una crítica romántica y superflua de las contradicciones del capitalismo, como sucede cuando se aísla el problema del individuo, de la cultura, de la subalternidad en su conjunto-; y se dijo que solo habría lucha en torno a la resistencia al capital, resistencia autónoma, fuera de los grandes relatos de una clase trabajadora que arrebata el poder a la burguesía, conducida por su vanguardia revolucionaria. Mencionamos esto dado que las tareas que se nos presentan hoy guardan directa relación con superar aquellas degradaciones de la conciencia de clase que esparció como malezas el embrionario movimiento popular de los años noventa.

Solo luchando y disputando el poder a los ricos y poderosos avanza la lucha clasista y anticapitalista.

Es decir, tenemos la necesidad de desarrollar organización política, donde los compañeros y compañeras más dispuestos a entregar su vida por la revolución se agrupen lo más compactamente. Tenemos el deber de avanzar en una ofensiva contra los ricos y poderosos –no el mero resistir-, golpeando por medio de diversas formas de lucha a quienes custodian el poder del capital. A la vez que es un imperativo el superar la lógica de las pequeñas, fragmentadas e individuales luchas. Debemos combatir todo tipo de sectas radicales que se desarrollan en el seno del movimiento de masas, las cuales no hacen más que dispersar las luchas que impulsa el pueblo. Y de este modo poseer claridad que solo mediante la lucha nacional (en el marco imperante de la estrategia internacionalista) y masiva avanzaremos en la construcción del poder revolucionario de los trabajadores y el pueblo al tiempo que se va agudizando la relación de antagonismo con la burguesía.

Porque el capitalismo no presenta remedio, solo la acción consciente del proletariado será su sepulturero.

Es necesario asimismo comprender las luchas que se dan bajo el asedio del sistema capitalista. No podemos caer en el equívoco de creer que hay luchas anticapitalistas por un lado y “antineoliberales” por otro. El liberalismo y su manifestación de mayor intensidad como la que cursamos actualmente es una forma a la cual se adapta el modo de producción capitalista, por ende no podemos luchar contra el robo y la privatización del agua, de la tierra, la luz, las cotizaciones, la salud, sin a la vez plantearnos que todas esas expresiones son un momento del funcionamiento capitalista.

Debemos unificar la movilización de masas con las tareas de la Revolución.

Esto nos plantea la tarea de que la lucha por las reivindicaciones más sentidas del conjunto de la clase trabajadora y el pueblo no pierdan de vista que estas contradicciones responden a las condiciones de miseria y enajenación que impone el capital. La relación dinámica y fluida que debe existir entre la lucha económica y la lucha política es algo que tenemos que impulsar con fuerza. Es decir, el cómo desde la demanda por educación gratuita, el requerido aumento de salario, la reivindicación por mejor infraestructura para hospitales, la demanda sentida contra de la monopolización de las riquezas del mar, entre otras aspiraciones, tengamos la claridad y la comprensión de que éstas no serán cumplidas en su total dimensión sin que posicionemos también nuestras miradas en quienes resguardan las relaciones de poder entre la burguesía dominante y el proletariado dominado.

Desarrollar la movilización revolucionaria de masas; solo la lucha con independencia de clase y combativa nos dará lo que las reformas y la conciliación nos niegan.

Y muchos se preguntarán, en especial aquellos sectores que titubean al momento de radicalizar la lucha, de mostrar que las contradicciones de clase se resuelven por medio de la fuerza que se logre imponer, ¿cuál es la apuesta táctica o las formas de lucha a adoptar que propone el MIR?

Decimos que el reformismo es una corriente bastarda dentro del movimiento obrero y popular, una enfermedad que afecta en muchos casos letalmente al proyecto socialista. Esta tendencia se alimenta principalmente atrincherada en las conquistas aparentes que pudieran generarse al interior de la institucionalidad burguesa -por ejemplo en el contexto del crecimiento de los “Estados desarrollistas”-. ¿Pero qué es lo que sucede cuando esta misma se encuentra en crisis, como la actual? Natural es que también el reformismo caiga en crisis. Por lo tanto señalamos que no podemos esperar absolutamente de la clase dominante, ni de su régimen político, y menos aún de la participación electoral.

El triunfo o la derrota de la Revolución se juega ahora.

En este sentido también es menester señalar que no podemos supeditar una política revolucionaria al “momento actual”, al “sentido común” o al estado actual de la conciencia de las masas. Si ya Marx sostenía que “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”[3], ¿cómo subordinar una política que se plantea romper radicalmente con la condición actual de la conciencia? Esas fantasías reformistas son un continuo fracaso. El no ir más allá “porque nos alejamos de las masas” es una posición propia de timoratos.

Una política consecuentemente revolucionaria debe captar de forma lúcida el proceso histórico, lo actual y también contemplar el futuro, el porvenir que no es otra cosa que la revolución socialista. Este carácter procesual, mediado por la organización revolucionaria, debe considerar como clave el concepto de unidad, la conexión dialéctica entre cada uno de estos objetivos. Y en este sentido no podemos angustiarnos por el estado actual de, por ejemplo, el racismo, el chovinismo, la xenofobia, el individualismo, el arribismo, la enajenación en sus diversas expresiones, teniendo presente que el estado actual de la sociedad solo será superado mediante la acción revolucionaria dirigida a arrebatar el poder a la burguesía, golpear a los ricos y poderosos y construir así en base a las cenizas de las relaciones capitalistas, una sociedad donde transiten hombres y mujeres nuevas.

Los explotados no podemos seguir aguantando que los dueños del poder y la riqueza se rían en nuestra cara.

Que en la televisión una fracción que vive meramente del consumo, la farándula, nade en nuestras riquezas. Que haya farmacias y sectores del retail que se coludan en la anarquía capitalista para subir precios a su antojo. Que las grandes familias sigan acumulando y monopolizando por medio de la explotación de nuestro trabajo, de la transacción de productos primarios para que luego otros burgueses se enriquezcan vendiendo mercancías fabricadas por niños súper-explotados en el Tercer Mundo a nuestro pueblo, que se sigue endeudando producto de las necesidades que constantemente inventa el capitalismo para su existencia.

Necesitamos hostigarlos para que todos estos parásitos sean expulsados de estas tierras. Para que las multinacionales que se enriquecen explotando las materias primas y a miles de trabajadores, dejen de ser excusa para que el Estado burgués, policial y contrainsurgente chileno haga y deshaga con el hermano pueblo mapuche. Debemos ser nosotros, trabajadores y estudiantes, quienes impongamos fin a este drama, movilizando nuestras fuerzas en la construcción de organización política, de nuestro poder, del poder revolucionario de los trabajadores orientado por la única y universal superación del capitalismo: la revolución socialista que se alce a nivel mundial contra el enemigo imperialista.

El pueblo mapuche y el pueblo trabajador de Chile lanzan su grito de guerra, tal como lo hace el pueblo palestino, el pueblo kurdo y vasco, y como brega el siempre guerrero pueblo cubano, el pueblo colombiano y paraguayo.

La lucha revolucionaria en nuestro continente avanzará en la medida que seamos capaces de asumir el enfrentamiento desde una perspectiva internacional contra la burguesías nativas y el imperialismo.

La izquierda revolucionaria en nuestro país posee una deuda histórica hacia el  desarrollo efectivo del internacionalismo proletario (en su dimensión estratégica). Es menester comprender que en el conjunto de los territorios y países dependientes se comparten características comunes: el saqueo de nuestras riquezas, el despojo de los pueblos de sus tierras y la explotación y la súper-explotación del conjunto de los trabajadores, muestran que la consolidación del triunfo revolucionario debe estar afianzada en la coordinación, organización y solidaridad de los revolucionarios de cada país hermano.

Por ende el MIR asume la necesidad insoslayable de avanzar en la organización y coordinación de los revolucionarios de nuestro continente a escala internacional.

Movimiento de Izquierda Revolucionaria

MIR de Chile

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Agosto-Septiembre

 

http://mir-chile.org/

comunicacionesmirdechile@gmail.com


[1] Ponemos entre comillas la definición de clásica, dado que esas corrientes vulgares y simplistas del pensamiento ni siquiera acudieron a los propios clásicos para sustentar una definición de clase trabajadora. Nos lo demuestra el estudio de la obra de Marx “Crítica a la Economía Política”, “El Capital” en sus V Tomos y también sus borradores, los “Grundrisse”. Podemos advertir aquí que una concepción clásica está muy alejada de esas vulgares determinaciones y reducciones de la estructura-superestructura, idealismo-marxismo y una serie de dualismos propios de las escuelas soviéticas y de las “populares” ediciones del estructuralismo althusseriano.

[2] Bolívar Echeverría, El discurso crítico de Marx, Serie ERA.

[3] Carlos Marx, La Ideología Alemana, Ediciones Pueblos Unidos.

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